2020: un año que Dios quisiera olvidar ODS17 ES

 

2020: un año que Dios quisiera olvidar

Miguel Ángel Velasco cmf

Miembro del Equipo claretiano ante la ONU

 

Estamos a punto de terminar un año que se escribirá con referencias especiales en la historia del mundo. La crónica de este año, en el que la humanidad entera ha sido infectada, se escribirá con letras rojas de dolor en todos los países de la tierra. El COVID-19 ha golpeado a ancianos, jubilados, adultos, jóvenes y niños en todos los países del mundo. La Pandemia del Coronavirus se ha unido a epidemias endémicas en áreas de clima ecuatorial, a lluvias y tifones del Monzón o huracanes en Centroamérica. No ha sido un año bueno y, como sugiero en el título, Dios ha sufrido mucho con todos los muertos y damnificados. Ha sufrido y le han dolido tanto como la muerte de los niños y adolescentes “mineros” del carbón de la frontera entre Bangladesh e India. Interpretarlo de otra forma es un insulto a aquél que los cristianos llamamos Dios y Padre.

 

Al final de este año 2020, podemos hacernos una pregunta: ¿qué estaba haciendo Dios durante este año fatídico? La respuesta, como tantas otras veces, está dada hace mucho tiempo: “te he hecho a ti”; más aún, Dios podría decirnos: “me hecho hombre para enseñarte cómo llevar hacia delante, mejorándola, mi creación”. ¡No!; ¡Dios no ha estado ausente de nuestras vidas durante este año 2020!; ha estado dando fuerzas, inspiración y generosidad al ser humano. La lista de generosidad y creatividad no tiene fin: investigadores, enfermeros, médicos, repartidores, cajeros de supermercado, trabajadores en servicios sociales, voluntarios de Cáritas, creyentes, agnósticos, no creyentes… En todos hemos podido encontrar, si se me permite decirlo como creyente que soy, la huella de un Dios que nos ama y quisiera que las cosas fueran mejor para sus hijos.

Desde las Naciones Unidas se ha seguido impulsando la solidaridad internacional, a pesar de estar prácticamente cerradas sus oficinas en todo el mundo; la gente de Naciones Unidas ha seguido sirviendo en muchos lugares. La Unión Europea ha luchado sin cuartel contra el encerramiento de cada uno de los países de la Unión, y ha ofrecido soluciones conjuntas. Las consultas entre muchos gobiernos sobre cómo manejar la Pandemia han sido abundantes. El esfuerzo de los investigadores para conseguir la vacuna ha sido enorme, igual que la colaboración internacional para lograrla. Siempre podemos llenarnos de dudas sobre la razón por la que las farmacéuticas que han descubierto vacunas han incrementado tanto su valor en bolsa: ¿es porque los inversores quieren colaborar con su dinero para que sigan investigando, o es porque buscan sólo un rendimiento económico como nunca? No cabe duda de que “el trigo sigue creciendo junto con la cizaña”; pero la crisis del COVID-19 nos está enseñando el camino para hacer crecer la humanidad y nos va descubriendo “quién es quién” en el mundo.

 

Una de las consecuencias de esta crisis ha sido el encerramiento de cada país, o cada grupo de países, en sus propios problemas, para tratar de resolverlos por su cuenta. Desde aquí, desde Europa donde escribo, estamos muy preocupados los las vacunas de España y de Europa, pero menos por las de otras partes del mundo. Es lo mismo que ha sucedido a lo largo de toda la pandemia: hemos pensado más en la propia supervivencia que en la de los otros. Considero comprensible esta actitud de defensa de la propia vida ante un peligro tan agresivo como el COVID-19, pero llega el tiempo en el que la niebla y la oscuridad van desapareciendo. Es tiempo de pensar en la totalidad del mundo; es tiempo de recordar que hemos tenido una “catástrofe mundial” que nos ha devuelto, en muchos lugares del mundo, a situaciones de precariedad vividas hace veinte años. El la hora de la verdad; ahora “los países que tenemos la vacuna”, hemos de ponernos corazón, mente y manos de CIUDADANOS GLOBALES, para pensar en soluciones para toda la humanidad. Como se está repitiendo en muchos foros, COVID-19 nos avisa de que hay retos, presentes y futuros, que han de resolverse desde la colaboración y el compromiso de todos los países. Es imprescindible pensar en mecanismos de Gobernanza Global que, guardando la peculiaridad de las culturas y países, sirvan para que la humanidad funcione coordinadamente. Nuevamente, los Derechos Humanos y la Agenda 2030 aparecen como un camino correcto para todos.

Los cristianos seguiremos cada año celebrando la Navidad. El mensaje de Dios sobre lo que nos quiere y nos valora; pero la Navidad es, por especialmente, el mensaje sobre LOS DONES Y CAPACIDADES CON LAS QUE HA CREADO DIOS AL SER HUMANO. Que la Navidad nos haga construir un futuro para la humanidad, como Dios desea. Su Espíritu estará siempre dando fuerza y alientos a todos, creyentes y no creyentes, que quieran participar en su construcción.

 

Miguel Ángel Velasco cmf

Miembro del Equipo claretiano ante la ONU





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