Las religiones al servicio de la fraternidad universal (ODS17) ES

 

 
Las religiones al servicio de la fraternidad universal (ODS17)

Josep M. Abella, cmf

Obispo de Fukuoka (Japón)

Fue Superior General de los Misioneros Claretianos (2003-2015)


Siempre me han impresionado las palabras de Paulo VI en la encíclica “Populorum progressio”. El Papa, ante las realidades de pobreza, marginación y violencia presentes en tantas partes del mundo, escribe en el número 3 de la encíclica: “La Iglesia se estremece ante esta crisis de angustia, y llama a todos para que respondan con amor al llamamiento de sus hermanos”. Este estremecimiento está en la base del compromiso de las religiones al servicio de la paz, la justicia y la fraternidad universal. 

 

Recuerdo la visita que tuve oportunidad de hacer a los campos de exterminio de Auschwitz y Birkenau, en Polonia. No dejan a nadie indiferente. Mientras iba visitando los distintos pabellones, ante aquella historia de horrores me venía a la mente la pregunta que muchos se habrán planteado recorriendo aquellas estancias de muerte: dónde estaba Dios cuando ocurría todo esto. Se pone a prueba la propia fe y se ven cuestionadas algunas certezas que nos habían inculcado. Sin embargo, si reflexionamos más profundamente, nos damos cuenta de que no es ésta la pregunta. La verdadera cuestión es: dónde habíamos tirado y abandonado ese corazón con capacidad de sufrir ante el dolor de otras personas y de rebelarse ante la injusticia y violencia. Dios nos lo ha dado para que nos dejemos guiar por él. La fe purifica nuestras imágenes de Dios y no permite que carguemos a Dios las responsabilidades que debemos asumir nosotros. El “estremecimiento” de que hablaba Pablo VI suscita preguntas y pone en marcha la búsqueda de respuestas. No podemos quedar indiferentes.

 

El camino de la fe y la experiencia religiosa nos confrontan con estas preguntas fundamentales y nos guían en la búsqueda de respuestas que orientan nuestro pensamiento y nuestra conducta hacia la gozosa y difícil tarea de escribir la historia de la humanidad con un lenguaje de fraternidad, de paz y de justicia para todos. Una sana experiencia religiosa nos humaniza y nos capacita para esta tarea.

Es lo que nos ha enseñado Jesús. Basta asomarnos al Evangelio para comprender hacia dónde lleva una experiencia profunda de Dios. Nos coloca indefectiblemente ante los demás y ante la realidad de este mundo que, para los cristianos, no es una propiedad de la que se pueda hacer lo que se quiera, sino un don que hay que cuidar y compartir entre todos. El Papa Francisco lo ha expresado bellamente en el número 281 de la encíclica “Fratelli tutti”: “Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón”. La fe en este Dios nos encamina por este mismo sendero. La “com-pasión” se convierte, en este caso, en la categoría fundamental de nuestro modo de ver la realidad y de relacionarnos con ella.

 

Lo que afirmamos de la fe cristiana, lo podemos decir también de otras tradiciones religiosas. La nueva conciencia sobre la necesidad del diálogo entre las diversas tradiciones religiosas y de la urgente colaboración entre ellas al servicio de la humanidad es una base sobre la que pueden y deben nacer proyectos concretos que ayuden a construir una nueva fraternidad entre las personas y los pueblos. Esta actitud de diálogo fuera de las esferas del poder es esencial para construir hoy una universalidad humana inclusiva y desde los últimos, desde los más pobres y marginados. Después de la Revolución Francesa ha habido grandes empeños sociales para crecer en libertad e igualdad -aunque muchas veces sin fruto- pero la gran dimensión sin explotar es todavía la fraternidad.

El diálogo intercultural e interreligioso es tan apasionante como difícil. El diálogo con otras Tradiciones religiosas nos descubre nuevos modos de plantear las preguntas fundamentales de sentido y nos permite asomarnos a la belleza de las respuestas que se han ido dando a lo largo de la historia de la humanidad. La experiencia de la fraternidad universal se ensancha y fortalece y, contemporáneamente, se profundiza la experiencia de Dios. De ahí surge con fuerza el anhelo de hacer realidad esta fraternidad en nuestro mundo; anhelo que, traducido a acciones y proyectos concretos, contribuirá a hacer avanzar la paz entre los pueblos y constituirá una contribución importante para alcanzar los “objetivos del desarrollo sostenible” (ODS) que las Naciones Unidas han determinado para los próximos años.

 

Josep M. Abella, cmf

Obispo de Fukuoka (Japón)

Fue Superior General de los Misioneros Claretianos (2003-2015)

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