Desde la vida: Hermanos todos, del mundo. ODS4. ES

 

Hermanos todos, del mundo

Clara Rodríguez Irastorza

Educadora. Madre de familia 

“Todos hablan sobre cómo dejar un planeta mejor para nuestros hijos, pero deberíamos pensar mejor en cómo dejar mejores hijos a nuestro planeta” 

Clint Eastwood

 

Nos ha sido dado tanto gratuitamente, hemos recibido tanto (la vida, la naturaleza, la familia…) sólo por nacer, que a veces se nos olvida lo valioso del regalo. Parece que lo que no cuesta no se valora. Leía el otro día a una amiga que quizá justo se nos regala porque no tiene precio.

 

Caer en la cuenta del valor de todo lo recibido, nos mueve a compartirlo. ¿Quién no celebra una buena noticia, un acontecimiento importante con los otros? Y al compartirlo, podemos tomar conciencia de que, al fin y al cabo, no es nuestro. Mejor dicho, es nuestro y de todos. De todos que, de alguna manera, somos uno.

 

Soy uno con mi marido, porque lo bueno para él es bueno para mí. Literalmente, al margen de cualquier romanticismo, es indudable que su felicidad es buena para mí. Soy uno con mis hijos, puesto que sufro cuando sufren y soy más feliz cuando ellos lo son. Esto pueden ser obviedades, perogrulladas, todos lo vemos.

 

Lo que quizá no veamos con la misma facilidad es que con el resto, también somos uno. También con los demás habitantes del mundo. Los humanos y los no humanos.

 

A veces parece que ser solidario es algo altruista, porque entendemos que damos mientras perdemos. Doy mi tiempo, mi dinero, mis recursos, para que otros, que son/tienen menos puedan ser/tener más. Ser más como yo…

 

Sin embargo, cualquiera que en alguna ocasión haya sido solidario sabe que lo que da se multiplica. Siente que actuar para el bien de otros, siempre es actuar para el bien de uno mismo. Que el otro sea más feliz con lo que yo hago, me hace más feliz a mí. Y ha experimentado que indiscutiblemente, somos uno. Todos hermanos. Todos parte de lo mismo.

Y al revés, cualquiera que haya tomado conciencia de que es uno con todo, no tiene más remedio que mejorar lo que le rodea, cuidar a los otros, aportar lo que puede para que todo sea mejor. Incluso de una manera egoísta, porque sabe que cuando mejora “todo” mejoro yo.

 

Perder la perspectiva de que formamos parte de algo que es mucho más grande que nosotros mismos, hace casi imposible vivir y transmitir valores como la solidaridad. ¿Quién va a cambiar las cosas si piensa que sus actos no impactan en el mundo? ¿Quién va a compartir, a dar lo que sólo él puede ha venido a aportar? ¿Quién va a cuidar del mundo sin entender que el mundo va más allá de sus propios límites? 

 

Como cualquier madre, intento educar a mis hijos para que se conviertan en hombres y mujeres buenos, felices y libres. 

Y no se me ocurre otra manera de hacerlo que haciéndoles sentir ciudadanos del mundo. Individuos únicos que forman parte del universo. Responsables de aportar lo único que poseen para que el mundo sea más diverso, más completo, más justo, más equilibrado…mejor. Solidarios. Y, como consecuencia, libres. No sometidos a ninguna obligación sino responsables de actuar. Y por tanto, buenos, porque desearán y harán el bien.

 

Decía mi hermano que el mejor regalo que nos han hecho nuestros padres es hacernos ciudadanos del mundo. Capaces de ser felices aquí, en Cuenca o en Sebastopol. 

 

Ojalá consigamos lo mismo los padres y educadores de hoy con nuestros niños y jóvenes, y seamos capaces no sólo de dejar hijos mejores para nuestro mundo, sino hijos que se amen, se cuiden se mejoren y se den a sí mismos para que, como ciudadanos del mundo, lo amen, lo cuiden, lo mejoren y lo compartan.

 

Clara Rodríguez Irastorza

Educadora. Madre de familia 

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