En el 75 aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima ODS 16 ES


En el 75 aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima

 

Josep María Abella cmf

Bishop of the Diocese of Fukuoka

Fue Superior General de los Misioneros Claretianos

 

Queridos amigos:

 

Me encuentro en Hiroshima. Hoy es 6 de agosto. Hace 75 años este mismo día una sola bomba aniquiló la vida de miles de personas y sembró una destrucción inimaginable en esta ciudad. Nos hemos reunido aquí los obispos de Japón en este 75 aniversario de la tragedia del lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Hemos orado juntos y hemos renovado nuestro compromiso por la paz y el desarme nuclear.

 

Desde la residencia donde me encuentro contemplo esta mañana una parte de la ciudad y uno de sus muchos canales. Pienso que, hace 75 años, a esta hora de la mañana, muchas personas vivían la angustia de una guerra que se iba recrudeciendo día a día, preocupadas quizás por suerte de algún miembro de la familia que estaba combatiendo en alguno de los escenarios de una guerra inhumana, como todas las guerras. La mayoría de las familias estarían compartiendo el desayuno dispuestas a comenzar un nuevo día, esperando el momento en que pudieran de nuevo vivir en paz. 

 

A las 8:15 de la mañana una explosión terrible acabó con la vida de muchas de esas personas y marcó indeleblemente la historia de la humanidad. La ciencia había producido un arma con una capacidad destructiva desconocida hasta ese momento. La absurdidad de la guerra había llegado a unos límites inimaginables. Todo se había supeditado a esa lógica destructiva de la guerra que hace perder de vista la dignidad de las personas y la sacralidad de la vida.

 

Estoy observando las calles, las casas, uno de los canales de la ciudad de Hiroshima. Me imagino lo que sucedió en aquel 6 de agosto de 1945. Quienes no murieron inmediatamente a causa de la explosión y las radiaciones deambulaban por una ciudad destruida buscando un lugar donde refugiarse o ser atendidos. Las radiaciones habían producido quemaduras irresistibles y habían destruido los órganos internos de aquellos cuerpos martirizados por la explosión de la bomba. Muchos encontraron la muerte. No hubo distinción de edad, ideología, nacionalidad, etc. Las guerras las pierden todos, también los vencedores, porque lo único que generan es muerte y desolación. Hoy lo recordamos con un profundo dolor, con extrema compunción.

 

Nuestra oración acoge el deseo de que estas situaciones no vuelvan a repetirse jamás. Nuestra oración expresa también el compromiso de trabajar incansablemente para que la paz, el respeto a la dignidad de cada persona y cada pueblo y el cuidado de la creación sean los únicos objetivos que orienten el caminar de una humanidad, cansada ya de tantas guerras.

 

Hemos escuchado antes de la celebración de la Eucaristía las palabras del Papa Francisco en su reciente visita a Hiroshima, el 24 de noviembre del pasado año. Nos hemos sentido nuevamente interpelados y animados por ellas. 

ü    “El uso de energía atómica con fines de guerra es inmoral, como asimismo es inmoral la posesión de las armas atómicas, como ya lo dije hace dos añosSeremos juzgados por esto.”

ü    “Las nuevas generaciones se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra. ¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?”

ü    Y recordaba Francisco las palabras del Papa Pablo VI: “De hecho, si realmente queremos construir una sociedad más justa y segura, debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos: «No es posible amar con armas ofensivas en las manos» (Pablo VIDiscurso a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965, 10). “

 

Será bueno releer hoy los breves pero impactantes discursos del Papa Francisco en Nagasaki y Hiroshima el pasado mes de noviembre.

 

Meditando estas palabras, a las 8:15, nos hemos unido al minuto de silencio de las personas congregadas en el parque de la paz de Hiroshima (este año en número limitado a causa de la crisis del COVID-19) y de todo el resto de Japón. En ese silencio resuenan todavía los gritos de aquellos que murieron en Hiroshima y los de quienes siguen muriendo en las guerras que continúan martirizando a la humanidad, sobre todo a los más pobres.

 

La celebración de la Eucaristía nos ha abierto el corazón a la esperanza: el amor es más fuerte que el odio, la vida más fuerte que la muerte. Porque lo creemos, seguimos luchando por la justicia y por la paz sin perder nunca la esperanza.

 

He recorrido el camino desde la catedral a la estación de Hiroshima con el obispo de Saitama, religioso salesiano. Hemos cruzado algunas calles y dos de los muchos canales que existen en la ciudad. Recordamos a las muchas personas que, llenas de quemaduras por las radiaciones, pensaron inútilmente encontrar alivio en estos ríos y canales. 

 

Visitar hoy la ciudad de Hiroshima no deja indiferente. Regresando a casa, he sentido la necesidad de renovar el compromiso de trabajar por la paz y la justicia que la hace posible. Este pequeño escrito que comparto se sitúa dentro de este empeño.

 

Señor, danos sabiduría y valentía para trabajar por la paz.

 

Hiroshima, 6 de agosto, 2020

Josep M. Abella, cmf.

 


Comments