La nueva anormalidad: aprendizajes en lo social ES


La nueva anormalidad: aprendizajes en lo social
Dr. Juan José López Jiménez
Cáritas España Servicios Centrales
CLIP y Corintios, comunidades cristianas

La situación social generada por la pandemia y las medidas de confinamiento están permitiendo el desarrollo de nuevas perspectivas que quizás alumbren la posibilidad de una nueva estructura social, una nueva sociedad, una humanidad que aprende con mirada larga y amplia. Muchos intuimos que queremos caminar más allá de lo inmediato que acontece, y como los dos railes sobre los que engarzar este convoy llamado humanidad, lo urgente y lo importante pueden quedar alineados en paralelo para guiar el tren hacia un horizonte de nueva anormalidad.

Estamos en un dilema, un punto de inflexión crucial, un nudo gordiano que nos ha puesto de cara para elegir si las consecuencias sociales serán las de siempre –más catastróficas si cabe (aumento del paro, de la desigualdad, del aislamiento social)-, o si seremos capaces de construir una nueva situación alejada de la normal conocida, diferente al descarrilamiento que arrastramos a trompicones desde hace décadas. La “normalidad” muestra el descuido de muchas cosas esenciales. La perversión será considerar “normales” las cosas antinaturales que veníamos haciendo contra la naturaleza y contra la convivencia armoniosa entre nosotros. La crisis del post-coronavirus revela lo que ya estaba sucediendo y acentúa su intensidad. ¿Cuáles son estas cuestiones esenciales -diría el Principito-, que hoy son visibles a nuestros ojos? ¿Nuestras verdaderas necesidades como humanidad? ¿Cuáles son los aprendizajes que nos regala esta situación de pandemia mundial?

El primer aprendizaje está siendo la toma de conciencia de que todos somos iguales ante una catástrofe global de estas características. El virus no distingue fronteras, religiones, razas o recursos económicos. Lo que nos divide pierde sentido, y la común vulnerabilidad del ser humano se hace patente y potente a la vez. Sin embargo, como muchas catástrofes, no nos afecta a todos por igual. Se ceba en los más débiles, en los más vulnerables, en los empobrecidos y excluidos. Como muchas personas que han tenido la oportunidad de viajar a África, he podido vivir un mundo tan diferente como revelador. Al llegar allí la enorme fractura social mundial recorre los poros de la piel, la ausencia de seguridades occidentales deja expuesta mi vulnerabilidad, y ese modo de vida que busca el sustento cada día, me hace sentir qué lejos estamos de una común humanidad ante tanta desigualdad. Con el paso del tiempo y la escucha activa, se labra un poso de tranquilidad y de perspectiva, un dejarme llevar por lo que acontece sin miedo. A la vuelta de estos viajes se me hace extraño el mundo en el que vivo y su aparente solidez cimentada en la explotación de millones de personas. Prefiero la solidaridad y la igualdad –aún a costa de mis bienes y “seguridades”-, antes que esa falsa desigualdad que me deshumaniza. Me siento avergonzado y frustrado, pero confío en la posibilidad de una civilización del amor que se asoma con compasión, ternura y solidaridad a los más desfavorecidos.
El segundo aprendizaje es nuestra necesidad de interdependencia para hacer frente a unas contingencias globales que nos afectan en lo local. El término acuñado de “glocal” explica bien esta dinámica que muestra la herida social de la desvinculación social para la que quieren programarnos. Reconocer esta interdependencia desde la vulnerabilidad podría ser un punto de partida para abonar un cambio significativo en nuestra forma de entender la vida. ¿Cuál es el sustrato que permanece en nuestra construcción de lo social? ¿el servicio a una economía que enriquece a unos pocos? ¿la falsa seguridad? ¿el mantra del individuo aislado por encima de la relación colectiva? La libertad individual tiene sentido si se ejerce para el bien común y sin perjudicar a nadie. Ahí radica su ejercicio como derecho. Si no, como con la persona fumadora, su humo nos puede perjudicar seriamente la salud. 
El COVI19 ha sido llamado el virus de la soledad porque lo que provoca es un aislamiento extremo desde el confinamiento hasta el paso por la enfermedad o la muerte. Todas las muertes me conciernen, las del virus, las de las guerras olvidadas y las de los inmigrantes en el Mediterráneo. Me doy cuenta de que no puedo vivir en soledad, que el elogio de lo individual no permanece, que es un mero espejismo, un castillo de naipes que se desmorona. Siento miedo e inquietud, pero tengo esperanza en el ser humano, en su capacidad de resurgir de sus propias cenizas como el ave fénix. Prefiero compartir, a vivir compartimentado y asilado.
Un tercer aprendizaje, relacionado con el anterior, es la importancia de lo común como el ámbito que garantiza verdaderamente la cobertura de las contingencias más significativas para la vida humana. Frente a un pensamiento donde “tanto tienes, tanto vales”, o donde “podrás salvarte si dispones de recursos materiales y económicos”; el coronavirus pone en jaque esas débiles seguridades y demuestra -desde su pequeñez-, una vez más, que la fragilidad humana puede sostenerse en el terreno de la flexibilidad común, mientras que la rigidez individual nos deja solos y nos rompe como humanidad. De ahí que lo público adquiera mayor relevancia y significado en la construcción de lo social, frente a lo privado. Lo público se revela como el verdadero garante de los derechos de todos poniendo a disposición los recursos comunes, el destino universal de los bienes. Debiéramos esperar que esta enseñanza, aprendida desde la confianza en sistemas públicos como nuestro sistema sanitario, la Seguridad Social o la educación, pueda extenderse a otros sistemas donde la solidaridad y la repartición sean la guía para la mejor protección de todos, frente a la mayor protección de unos pocos desde los recursos privados de quienes disponen de ellos. Supone aceptar con confianza que la vulnerabilidad es asimétrica y que la protección de esta contingencia también lo es. Si la vulnerabilidad crece, todos estamos en riesgo. Prefiero confiar en lo común, en una vulnerabilidad compartida, a considerar la privacidad de mis bienes por encima de la vida de las personas. Mi mente se rebela con la resistencia a este desprendimiento, y tengo miedo a verme ninguneado. Mi corazón, sin embargo, es aliado de esa confianza en el ser común humano.
El cuarto aprendizaje tiene que ver con la consideración de que nuestro estilo de vida no es inmutable. La historia de la humanidad está plagada de ejemplos donde la decadencia moral de las grandes civilizaciones marcaba el principio de su propio fin. Vamos tomando conciencia de actividades humanas superfluas, de mero entretenimiento -el “circus” de la distracción donde es mejor no sentir, ni pensar-, o informativos que nos dejan exhaustos por su monotonía y superficialidad. ¿Cambiaremos por necesidad o por virtud? Ahora nos preocupa más el riesgo de perder que la necesidad de ganar. Nos damos cuenta de que frente a la ambición desmedida, es posible la acogida de una vida digna para todos, una experiencia de fraternidad inédita y viable. Siguiendo al papa Francisco: “No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor de la esperanza contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio”.
El valor de la familia y de la sociedad de los cuidados se revela como un quinto aprendizaje. Ya lo vivimos –y quedó constatado- en la pasada crisis económica, que el principal baluarte que sostuvo la sociedad fue la familia. Con el confinamiento vivimos en un hogar donde se con-funde lo público y lo privado, el espacio laboral y el familiar. Por otro lado, se trata de crear el telar donde tejemos los cuidados, el bastidor de los espacios de protección, y la urdimbre de prácticas que cultiven el acompañamiento, el amor, la empatía, la compasión, el encuentro, la ayuda mutua, etc. En esta situación de confinamiento ha proliferado una actividad humana tan sencilla como transformadora: la escucha –lo efectivo da paso a lo afectivo-; y movimientos sencillos, cercanos, de vecindad cambian el paisaje social. La pandemia nos pone delante cuestiones sencillas. En palabras de Dolores Aleixandre, “salir a la calle sin miedo, caminar con libertad, estrechar una mano, abrazar a alguien, sentir la calidez de la cercanía de los que queremos, mirarnos a los ojos en directo, citarnos con amigos para tomar unas cañas”. Todo ello es portador de la semilla de la comunidad, aunque corre el peligro de quedarse en un mero hacer por la necesidad de lo urgente, y perder de vista la virtud de un cambio importante en humanidad. Los psicólogos nos hablan del desarrollo de la difusión masiva de emociones como el miedo, la ira, la solidaridad (apego-cuidados), la tristeza, el deseo, la indagación (somos medio científicos), la alegría (aplausos), la agresividad (juicio al vecino, vigilancia), la capacidad de adaptación o resiliencia, etc. ¿Son emociones vinculatorias o desvinculatorias? ¿Es un espejismo? Siento la incertidumbre de si estamos abriendo verdaderamente la puerta a desarrollarnos como una comunidad acogedora, o si es una manifestación más de nuestro más puro individualismo.
Por último, esta situación ha dejado ver que el mayor enemigo es nuestro mayor amigo, la propia naturaleza. Aquí, nos vemos desnudos en nuestra “creaturidad” (Imanol Zubero), no somos dioses, sino una parte de este mundo. Si paramos, el aire se limpia, y nuestros ojos contemplan fascinados el verdor y los brotes de una primavera pujante donde se saborea la Vida. También tomamos conciencia de la muerte, que es parte de la vida, acogemos con naturalidad y serenidad nuestro destino, respirando sus luces, y sus sombras.
La cuestión es si este incremento en la conciencia, de vivir en “la sociedad del riesgo” (Ulrich Beck), de la fragilidad humana, supondrá más miedo, más desigualdad y estigmatización de lo diferente, o si aceptaremos esta condición humana -tan luminosa como oscura-, poniendo de manifiesto nuestra capacidad de elegir hacia un futuro en común. Las amenazas que nos vienen son cada vez más globales, y la estructura social a escala mundial es un mosaico deshumanizador que me avergüenza. Como muestra, un país africano como Senegal, azotado por el tráfico de esclavos durante siglos, cuyos habitantes han sostenido la palabra “teranga” como lema de su pueblo que, en su lengua wolof significa, acogida. La paradoja de un sur acogedor frente a un norte que coge -explota y depreda despiadadamente todo lo que puede sin escrúpulos-, es reveladora de dónde se encuentran algunas de las perlas de la humanidad. Quiero navegar en esta corriente fluida, sencilla y humanizante que tiene una visión más global, integral y nutritiva para nuestro crecimiento individual y colectivo. 
Dr. Juan José López Jiménez
Investigador Social, ArteTerapeuta Gestalt, Geógrafo, Agente de Cáritas Servicios Centrales
Pertenece a CLIP y Corintios, comunidades cristianas

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